Reflexiones metafísicas
¿Quieres paz interior? Deja de luchar contra tu sombra
Comprende cómo aceptar la naturaleza humana, reparar errores y equilibrar el ego y lo divino puede conducir a la paz interior.
Por Prof. Tibério Z
Video original en portugués. El artículo está disponible en español.
El cuerpo humano tiene limitaciones de conciencia. Cuando intentamos actuar como si estas limitaciones no existieran, creamos una lucha contra nuestra propia naturaleza y comenzamos a sentirnos culpables por las emociones que forman parte de la experiencia humana.
Sentir ira, envidia o resentimiento no nos hace superiores o inferiores. Tenemos luces y sombras, ayudamos en algunos momentos y perjudicamos en otros. Reconocer esta dualidad no significa justificar nuestros errores, sino abandonar la fantasía de una pureza imposible.
La paz interior aparece cuando entendemos el ego, reconocemos nuestra dimensión divina y aceptamos que ambos participan de nuestra experiencia. El ego no necesita desaparecer. Necesita aprender a vivir en equilibrio con lo que somos más allá de él.
Un Escarabajo no puede correr como un Ferrari
El cuerpo en el que estamos tiene ciertas limitaciones. Querer superar violentamente estos límites es como tomar un Escarabajo y exigirle que corra como un Ferrari. El intento no transforma el Escarabajo en un Ferrari, sólo destruye su estructura.
El laboratorio de la vida humana tiene lugar dentro de una conciencia limitada. Esta limitación no representa un error de diseño. Es parte de la experiencia que vinimos a vivir y de las condiciones necesarias para el aprendizaje realizado en este organismo.
Admitir esto no tiene por qué producir vergüenza. Simplemente podemos reconocer que estamos donde podemos estar ahora mismo. A partir de esta aceptación, trabajamos con la realidad presente en lugar de exigir una perfección que el ego aún no puede sostener.
Es parte de la naturaleza humana querer algo a cambio
Muchas veces hacemos algo con la esperanza de recibir algo a cambio. Podemos desear reconocimiento, gratitud, atención o algún beneficio. En lugar de fingir que esta intención no existe, debemos reconocer que es parte de la experiencia humana y de los movimientos del ego.
Negar la motivación no la elimina. Cuando intentamos construir una imagen de pureza, ocultamos nuestro deseo y actuamos como si fuéramos completamente desinteresados. El ego sigue esperando su recompensa, pero ahora trabaja oculto a nuestra observación consciente.
Aceptar que una parte de nosotros quiere algo a cambio nos permite observar el movimiento con honestidad. No necesitamos condenarlo ni convertirlo en una virtud. Podemos simplemente reconocer lo que está sucediendo dentro de nosotros.
Sentir ira, envidia y resentimiento es humano
Es natural sentirse enojado. También es natural sentir envidia, resentimiento y otras emociones que solemos clasificar como negativas. Son parte de la naturaleza humana y de las posibilidades que existen en este cuerpo y en esta experiencia de conciencia limitada.
No somos ni mejores ni peores porque surgieron estas emociones. La presencia de la ira no nos hace inferiores, así como su ausencia momentánea no nos transforma en seres superiores o más cercanos a una santidad idealizada.
El problema no es sólo sentir. Aparece cuando negamos lo que sentimos, creamos una guerra interna y tratamos de mantener una imagen de santidad que es incompatible con la realidad de nuestra experiencia.
La idea de santidad puede alejarnos de la espiritualidad
La imagen de una persona santa sin ira, envidia, deseos o conflictos crea una medida imposible. Al comparar nuestra experiencia con esta fantasía, concluimos que estamos fallando espiritualmente y comenzamos a ocultar todo lo que no se ajusta al modelo.
Esta comparación produce culpa y puede crear trauma. En lugar de acercar a las personas a la espiritualidad, les hace ocultar emociones, negar sus procesos y construir una apariencia que no se corresponde con lo que sucede en su interior.
La espiritualidad no requiere que dejemos de ser humanos. Comienza cuando comprendemos nuestra propia naturaleza y aprendemos a vivir conscientemente con las luces y sombras que forman parte de ella.
Somos seres formados por el yin y el yang
Somos seres de luz y sombra, de yin y yang. En ocasiones ayudamos, acogemos y aportamos. En otras, podemos dañar a alguien, actuar con ira o tomar una decisión que produzca sufrimiento para nosotros y para otras personas.
Esta dualidad no significa que todas las acciones sean indiferentes. Significa que el error y la contradicción son parte del camino recorrido por una conciencia que aún está aprendiendo a lidiar con el ego y las limitaciones de este cuerpo.
Cuando reconocemos ambas partes, dejamos de construir una identidad basada únicamente en la luz. La sombra ya no necesita esconderse para preservar nuestra imagen, y la luz ya no necesita usarse para negar lo que también existe dentro de nosotros.
Reconocer el error no significa quedarse con la culpa
Quizás hayamos dañado a alguien sin querer producir ese resultado conscientemente. También es posible que hayamos actuado deliberadamente y luego hayamos comprendido las consecuencias de nuestra elección y hayamos reconocido que no queremos repetir el mismo comportamiento.
Si la persona se arrepiente y ya no quiere actuar de esa manera, ha habido aprendizaje. Puede asumir responsabilidades, reparar lo que sea posible y utilizar la experiencia para elegir de manera diferente en una situación futura.
Permanecer eternamente en la culpa no deshace el error. La responsabilidad requiere reconocer lo sucedido, aprender de la lección y modificar la acción. La culpa repetida sólo mantiene al ego atrapado en el mismo evento.
Los grandes maestros siguieron el mismo camino
Cuando hablamos de maestros espirituales como Buda, normalmente sólo nos fijamos en el punto al que llegaron. Olvidamos que la historia de la conciencia no comienza en una sola vida y que el desarrollo puede abarcar muchas encarnaciones e innumerables experiencias.
Si pudiéramos seguir todo el camino de estos maestros, encontraríamos caminos similares al nuestro. También necesitaban aprender, comprender el ego y atravesar experiencias hasta llegar al estado que hoy utilizamos como referente espiritual.
Quizás entendieron ciertas cosas un poco antes. Quizás tengan más tiempo en la escuela. No sabemos cuál de estas posibilidades explica la diferencia, pero todos los seres siguen el mismo camino de comprensión.
El ego necesita entender que también es divino
Nuestra conciencia ya está completamente expandida y tiene lo divino dentro de ella. Cuando entramos en un silencio interior absoluto y nos conectamos con esta dimensión, reconocemos esta realidad y nos damos cuenta de que la separación no existe en la forma en que el ego imagina.
La dificultad está en el ego. La conciencia divina ya sabe lo que es, pero el ego aún necesita comprender su conexión con Dios. Este aprendizaje tiene lugar a lo largo de muchas vidas e innumerables experiencias.
Estamos continuamente educando al ego. Cada error, consecuencia, silencio y momento de comprensión participa de este proceso. Poco a poco deja de actuar como si estuviera separado y comienza a reconocer la dimensión divina de la que también participa.
La paz interior no requiere la destrucción del ego
El camino no consiste en disolver el ego o hacerlo desaparecer. Mientras vivamos la experiencia humana, esta estructura seguirá participando en nuestros pensamientos, reacciones y elecciones y cumpliendo una función dentro de este cuerpo.
La paz llega cuando encontramos el equilibrio entre el ego y lo divino. Entendemos lo que es del ego, reconocemos la presencia de lo divino y dejamos de exigir que una dimensión destruya a la otra para poder considerarnos espirituales.
En este punto sabemos que poseemos luces y sombras. También entendemos que podemos actuar enojados en un momento dado sin transformar esa acción en una definición definitiva de quiénes somos.
Comprender la propia naturaleza produce paz
Cuando entendemos los procesos del ego y los movimientos de la mente, comenzamos a reconocer quiénes somos. Ya no necesitamos mantener una guerra constante contra aquellas partes que consideramos imperfectas o incompatibles con la imagen que queremos mostrar.
Esta comprensión produce paz interior. La felicidad, en este sentido, no significa estar siempre alegre ni vivir sin dificultades. La felicidad significa alcanzar un estado de paz con la propia naturaleza y los procesos que forman parte de ella.
La persona sabe que puede cometer errores, perder el control y necesitar enmendar una acción. Sabe también que ninguna de estas experiencias elimina su dimensión divina ni la hace definitivamente inferior a otro ser.
Perder el control no elimina nuestra humanidad
Imagina que alguien perdió el control e insultó a otra persona en la calle. No es necesario negar el evento. Hubo ira, una explosión y una acción que afectó a alguien, creando la necesidad de reconocer lo sucedido.
La persona puede admitir el error y disculparse, explicando que perdió el control, no tuvo un buen día y dejó que la dominara el enojo. Reparar es más consciente que ocultar el error o castigarse indefinidamente.
Quizás sus niveles hormonales estaban alterados. Quizás la ira se apoderó de ella y ella se transformó, en ese instante, en una especie de hombre lobo. Aun así, puede asumir la responsabilidad y disculparte.
La explosión no la hace superior ni inferior. Deja claro que ella es humana, tiene límites y aún está aprendiendo a equilibrar los movimientos de su ego.
Aceptar la sombra no justifica ningún comportamiento
Reconocer que la ira es parte de la naturaleza humana no significa recibir permiso para herir a las personas. Aceptar la sombra sirve para verla sin culpas paralizantes y responder más conscientemente a las consecuencias producidas.
Cuando negamos nuestro enojo, podemos fingir que no hicimos nada o buscar justificaciones para proteger nuestra imagen. Cuando reconocemos la emoción, somos capaces de admitir que hemos perdido el control y reparar lo que podemos.
La aceptación no elimina la responsabilidad. Crea condiciones para que exista responsabilidad sin depender de una condena permanente hacia nosotros mismos o de la idea de que un error ha destruido nuestro valor.
Otros seres también tienen sentimientos
Existe la idea de que los seres extraterrestres no sienten emociones. Sin embargo, ellos también sienten emociones. La diferencia puede radicar en las condiciones que ofrecen los cuerpos biológicos de ciertas razas y su capacidad para anclar la conciencia.
Algunos de estos cuerpos pueden estar más preparados para anclar la conciencia divina. Con esta estructura, ciertos seres son capaces de ejercer un mayor control sobre lo que sienten y la forma en que responden a las emociones.
Un mayor control no significa ausencia de sentimientos. Al igual que con nosotros, hay una experiencia que sucede a través de un cuerpo, con diferentes capacidades para sostener y expresar la conciencia.
La paz comienza cuando dejamos de exigir pureza
La lucha contra la sombra surge de la idea de que debemos ser completamente puros. Debido a que esta pureza no corresponde a la experiencia humana, comenzamos a ocultar las emociones y a culparnos cada vez que aparecen en nuestra conciencia.
La paz comienza cuando reconocemos que somos luz y sombra. Podemos aprender de lo que hacemos, pedir disculpas cuando sea necesario y seguir educando nuestro ego sin convertir cada error en una condena permanente.
No necesitamos desaparecer para encontrar lo divino. Necesitamos comprender nuestra naturaleza, aceptar las limitaciones del cuerpo y construir un equilibrio entre lo que vive el ego y lo que la conciencia ya sabe.
Preguntas frecuentes
No. Estas emociones son parte de la experiencia humana. El aprendizaje radica en reconocer su presencia, comprender sus efectos y responsabilizarse de las acciones producidas.
No. La aceptación elimina la negación, pero no la responsabilidad. Cuando lastimamos a alguien, podemos reconocer el error, disculparnos y aprender de la experiencia.
No. La paz surge del equilibrio entre el ego y lo divino. El ego sigue existiendo, pero comienza a comprender mejor sus procesos y su conexión con la conciencia divina.
Porque crea una imagen de pureza sin emociones ni contradicciones. Al comparar la experiencia humana con este modelo imposible, la persona comienza a negar sus procesos y a sentirse espiritualmente inferior.
Es el estado que aparece cuando entendemos nuestra naturaleza, reconocemos luces y sombras y dejamos de luchar contra lo que forma parte de la experiencia humana.
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Sobre el autor
El Prof. Tibério Z tiene más de 30 años de experiencia estudiando y enseñando espiritualidad, metafísica, terapias holísticas y desarrollo de la conciencia.