Reflexiones metafísicas

El bien y el mal existen dentro de ti

Comprende cómo los símbolos del bien y del mal representan nuestra luz y nuestra sombra y por qué cada elección trae ganancias y pérdidas.

Prof. Tibério Z

Por Prof. Tibério Z

Video original en portugués. El artículo está disponible en español.

El bien y el mal existen dentro de nosotros. Se utilizaron imágenes de Dios como bondad absoluta y del diablo como maldad absoluta como símbolos para enseñar estos conceptos. El problema comienza cuando proyectamos todo hacia afuera y tratamos de negar la luz o la sombra que llevamos.

En este artículo entenderemos por qué la mente necesita imágenes para acceder a ideas abstractas, cómo los símbolos se convierten en programación del inconsciente colectivo y por qué el taoísmo no separa la existencia en partes completamente buenas o completamente malas.

Continúa leyendo para comprender por qué la luz y la sombra crecen juntas y entender que cada elección tiene consecuencias positivas y negativas. Cuando aceptamos este movimiento, dejamos de luchar contra una parte de nosotros mismos y comenzamos a comprender mejor el flujo de la vida.

Aprendemos el bien y el mal a través de símbolos

Dividimos la sociedad en bien y mal porque es una forma sencilla de enseñar ciertos comportamientos. Cuando un niño todavía está aprendiendo a vivir en sociedad, le explicamos que algunas actitudes son buenas y otras malas.

Sin embargo, ¿cómo explicarle a un niño qué es la bondad o la maldad? Estos conceptos son abstractos. Para hacerlos comprensibles necesitamos imágenes, personajes y símbolos que representen ambos extremos.

Así fue en las sociedades antiguas, en las tribus y durante diferentes períodos de la historia. Para enseñar aquello que no se podía tocar ni ver, la humanidad creó representaciones. El símbolo daba forma visible al sentimiento o concepto que necesitaba ser comprendido.

Nuestra mente accede a ideas abstractas a través de imágenes

Nuestro cerebro trabaja con imágenes y símbolos. Participan en la forma en que estamos programados y también pueden participar en la forma en que modificamos esa programación. Sin una imagen, muchas ideas abstractas siguen siendo difíciles de alcanzar.

Lo mismo ocurre con los arquetipos. No puedo acceder directamente a la frecuencia vibracional del arquetipo del gobernante. Para que mi cerebro alcance este arquetipo, necesito un símbolo que represente autoridad, liderazgo y poder.

Todo arquetipo necesita una representación para que la mente pueda acceder a él. El símbolo funciona como un pasaje entre lo que no tiene forma y el cerebro, que necesita una imagen para comprender el concepto.

Dios y el diablo representan los dos extremos

Cuando necesitamos crear un modelo perfecto de bondad, aparece la imagen de Dios sentado en un trono, cuidando de todos y repartiendo regalos. Esta representación se convierte en el extremo de lo que llamamos bien.

Si hay un símbolo para la bondad perfecta, también creamos una imagen para representar la maldad perfecta. Aparecen Belcebú, el diablo y otros nombres utilizados por diferentes culturas. Cada sociedad construye su propia figura para representar este extremo.

Estas imágenes son símbolos alegóricos. Nacieron como una forma sencilla de enseñar, casi como marionetas utilizadas para explicar el bien y el mal a la humanidad. Sin embargo, después de siglos de repetición, dejaron de entenderse simplemente como símbolos.

Los símbolos se convirtieron en programación colectiva

Cuando muchas personas creen en la misma imagen durante siglos, ésta entra en el inconsciente colectivo. El símbolo deja de ser sólo una representación utilizada para enseñar y se convierte en una programación compartida por toda la sociedad.

Las personas empiezan a actuar como si el bien estuviera completamente fuera de ellas, representado por una figura divina, mientras que el mal también estuviera fuera, representado por un ser maligno. Como resultado, no se dan cuenta de que estas imágenes nacieron para representar los sentimientos y las fuerzas humanas.

La repetición fortalece el símbolo. Cuanto más se enseña, se teme o se venera, más espacio ocupa en el inconsciente colectivo. Lo que comenzó como una simple explicación influye profundamente en la forma en que nos vemos a nosotros mismos y a los demás.

La mitología transforma los sentimientos en personajes

Toda mitología busca traducir los sentimientos humanos a través de símbolos. El amor, por ejemplo, es un sentimiento abstracto. Podemos intentar definirlo, explicar sus manifestaciones y poner la experiencia en palabras, pero el sentimiento sigue siendo algo que no podemos tocar.

Por eso, creamos figuras como Afrodita para representar el amor. El personaje da rostro, historia e imagen a lo que a la mente le resultaría difícil entender como una simple idea abstracta.

Lo mismo sucede con el diablo. Representa lo más oscuro dentro de nosotros. En lugar de ver nuestra propia sombra, creamos una figura externa y colocamos en ella todo lo que no queremos reconocer.

Nuestra sombra crece junto con nuestra luz

Somos yin y yang. Llevamos luz y sombra, creación y destrucción, belleza y fealdad. Estas partes no están separadas y no podemos simplemente eliminar una de ellas de nuestro interior.

El tamaño de nuestra sombra es proporcional al tamaño de nuestra luz. Quienes han practicado la espiritualidad durante mucho tiempo comienzan a darse cuenta de que, a medida que expanden su luz, también encuentran sombras más profundas. La expansión no sólo revela lo que consideramos bello. También ilumina partes que antes permanecían ocultas.

Vivimos en una sociedad que intenta negar el lado oscuro. Sin embargo, nunca podremos separar completamente estas partes. Los seres humanos somos capaces de crear cosas maravillosas y también causar una inmensa destrucción. Ambas posibilidades pertenecen a nuestra naturaleza.

El pensamiento occidental intenta separar lo que está unido

La filosofía occidental nos ha enseñado a elegir entre una cosa y otra. Del pensamiento desarrollado en la Grecia clásica, especialmente por Aristóteles, aprendemos que algo no podía ser dos cosas al mismo tiempo. Si fuera bueno, no podría ser malo. Si fuera hermoso, no podría ser feo.

El taoísmo funciona de otra manera. Algo puede ser bueno y malo al mismo tiempo. Puede ser bello y feo, claro y oscuro. El yin y el yang no representan dos fuerzas completamente separadas. Una participa de la otra y ambas forman el movimiento.

Por eso prefiero razonar a través de la filosofía oriental. No excluye las partes. En lugar de intentar destruir un lado, busca comprender cómo funcionan los dos juntos.

La creación y la destrucción son parte de la existencia

La unión entre creación y destrucción no sólo existe en el ser humano. Es parte de toda existencia. El Creador mismo es creación y destrucción.

En este momento se están generando planetas, dimensiones, realidades y seres. Al mismo tiempo, se están destruyendo planetas y sistemas enteros. La existencia no queda detenida en uno solo de estos movimientos.

La alternancia entre el yin y el yang crea el movimiento de la vida. Si sólo existiera creación, sin destrucción, no habría transformación. Si sólo hubiera destrucción, nada podría nacer. Es la presencia de las dos fuerzas lo que mantiene la existencia en movimiento.

Del Wuji surgen el yin y el yang

Al principio existía el Wuji, el estado de no manifestación. No se había creado nada. Era simplemente el Creador consigo mismo, antes de la existencia de las formas, el movimiento y el tiempo mismo.

Podemos comparar este estado con lo que los físicos intentan imaginar cuando hablan de lo que existía antes del Big Bang. No había tiempo, realidad formada ni nada de lo que pudiéramos hablar. Era la nada absoluta.

Para crear todo lo que existe, el Creador se divide en dos partes: yin y yang. Cuando aparecen estas dos fuerzas, nace el movimiento de la vida. La creación comienza precisamente porque hay una relación entre diferentes partes.

Cada elección trae ganancias y pérdidas

El pensamiento occidental intenta negar una de las partes. Queremos que la elección sea simplemente buena o simplemente mala. Sin embargo, cada decisión que tomamos tiene consecuencias positivas y negativas.

Cada elección nos hace ganar algo y perder algo más. Cuando elegimos un camino, abandonamos otros. Cuando aceptamos una oportunidad, también asumimos sus consecuencias. No hay decisión que implique únicamente ganancias.

El problema es que queremos ganar, pero tenemos miedo de perder. Deseamos recibir los beneficios de una elección sin aceptar lo que será necesario dejar atrás. Cuando hacemos esto, luchamos contra el dharma y el flujo de la vida misma.

Aceptar el yin y el yang no significa elegir el mal. Significa reconocer que la luz y la sombra, la ganancia y la pérdida, la creación y la destrucción participan de la existencia. El bien y el mal no están simplemente fuera de nosotros. También existen dentro de nosotros.

Preguntas frecuentes sobre el bien y el mal dentro de nosotros

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Prof. Tibério Z

Sobre el autor

El Prof. Tibério Z tiene más de 30 años de experiencia estudiando y enseñando espiritualidad, metafísica, terapias holísticas y desarrollo de la conciencia.